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Cuentos personales 8

jueves, 20 de noviembre del 2008 a las 14:02
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Soy un elefante blanco. Soy el único entre miles de elefantes. Mis padres eran unos elefantes africanos normales. Cuando me di cuenta de mi color lloré mucho. No porque fuese de color blanco, sino porque comprendí la razón por la los otros elefantitos me rechazaban y se burlaban  de mí. Me decían "chupetón de coco", "leche cruda con trompa", "pizarra acrílica con patas", "mazamorra desteñida" y otros apelativos que me da vergüenza decirlos. A pesar de todo lo malo que me ocurrió debo confesar que siempre me sentí orgulloso de tener el color que tengo.

 Cuando crecí me llevaron a un hermoso palacio y tenía a cinco personas que se preocupaban por mí: un médico veterinario hindú, dos hermosas mujeres que me colocaban unos atuendos de seda y cuero con muchas piedras preciosas, un joven albino, igual a mí,  que se encargaba de mantenerme limpio y un  muchacho gordito que me traía la mejor comida del reino.

  A pesar de todas las comodidades que tenía no era feliz porque no podía ser libre. Recordaba los días cuando me sumergía en el río y llenaba mi trompa de agua y luego la lanzaba hacia los árboles en donde jugaban los monos. Recordaba los días en que la lluvia caía a montones sobre mi lomo; también, cuando los mosquitos jugaban a escaparse del batir mis enormes orejas. Extrañaba ese maravilloso concierto de sonidos que se producía al amanecer y al atardecer. Ahora tenía todo, pero no era feliz.

 Un día decidí escaparme y para mi mala suerte, me atraparon unos hombres blancos como yo. Me vendieron a un circo europeo y me pusieron en manos de un hombre malo llamado Rudus. Me obligaba a hacer unos movimientos extraños y tontos. Cuando me negaba me hincaba en los costados  con un objeto terrible de metal. Aprendí a  caminar en dos patas, a levantar la trompa al cielo y trompetear, también aprendí a llorar y a desplazarme diez centímetros a la izquierda y a la derecha.

 He vivido en este circo muchos años y claro que he pensado escaparme muchas veces, pero creo que si lo hago me podría ir peor. A lo mejor me atrapan unos cazadores más crueles y me llevan como el espectáculo de comida para los leones o quizá algo peor: que me enseñen a matar como lo hacen los seres humanos. Prefiero quedarme en este circo  y pasar mis últimos días contemplando las sonrisas inocentes de los niños, aunque ya he visto que esta inocencia va desapareciendo cuando les empieza a cambiar la voz. Menos mal que  aún hay muchos niños en el mundo y yo soy el único elefante blanco.

FIN

Manuel Urbina

Cuentos personales 7

domingo, 16 de noviembre del 2008 a las 15:05
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Una enorme culebra permanecía oculta en la espesura del bosque. No había comido absolutamente nada desde hacía veinte días y tenía un hambre tan voraz que no la dejaba en paz. Esperaba que algún inocente animal apareciese para devorarlo y así poder calmar el hambre.

Su largo y escamoso cuerpo estaba cubierto entre las hojas y ramas secas; solo su cabeza permanecía oculta tras unos arbustos. Muy cerca había un hermoso estanque y tarde o temprano tendría que acercarse algún incauto animal para beber de sus aguas.

A los pocos minutos apareció un elefante; estiró su trompa y bebió todo lo que pudo. La serpiente lo miraba con ganas de atraparlo y comérselo, pero se dijo: "Es muy grande y quizá podría reventar si me lo como".

La serpiente vio con resignación como el elefante se marchaba con mucha tranquilidad. Quiso cerrar los ojos y descansar, pero el hambre voraz no le permitía hacerlo.

Minutos después apareció un rinoceronte tan enorme y sediento como el anterior y con toda la tranquilidad del mundo se metió al arroyo y empezó a beber la cristalina agua. La serpiente se movió lentamente, pero se dijo: "Este animalote tiene una narizota tan puntiaguda que si me lo como me podría dañar el paladar, así que por esta vez lo dejaré ir", y volvió a esconderse entre las hojas secas.

Diez minutos después apareció a lo lejos una zorra. La serpiente abrió los ojos e imaginó en el banquete que se daría. La zorra no se acercaba aún al riachuelo porque primero tenía que estar segura de que no había peligro por los alrededores.

La zorra olfateó el ambiente y sintió la presencia de la serpiente que permanecía escondida entre los arbustos y las hojas secas. Entonces fingiendo que no se había dado cuenta empezó a gritar con todas sus fuerzas:

-¡¡¡Un cocodrilo gigante, un cocodrilo gigante!!!

La serpiente que les tenía miedo a los cocodrilos salió de su escondite y trepó hacia lo alto del árbol más cercano para protegerse. En ese momento la zorra aprovechó para tomar el agua y se marchó rápidamente.

Después de unos minutos la serpiente reaccionó y se dio cuenta de que la zorra lo había engañado, sin embargo, entre las ramas de los árboles había encontrado cinco nidos y se comió todos los huevos que encontró. Ahora que había comido algo, se sintió más tranquila y se deslizó suavemente y se dirigió hacia el estanque ya no con el deseo de capturar a algún descuidado animal, sino con el deseo de beber.

 FIN

Manuel Urbina

Cuentos personales 6

sábado, 15 de noviembre del 2008 a las 18:44
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Don Diego salió muy temprano de su casa y en el trayecto, casi frente a la panadería de uno de sus yernos, se le cruzó un gato negro muy flaco y de aspecto enfermizo lo cual no es frecuente en estos animales debido a la historia que todos conocen sobre sus siete vidas y de su espíritu independiente para sobrevivir en diferentes circunstancias.

Don Diego había cumplido, justo hace siete días, los 70 años y se le veía algo fuerte y tranquilo, sobre todo, hoy siete de agosto que era un día especial para él. Miró su reloj Seiko, dorado y sin brillo, que lo había acompañado casi toda la vida: eran las siete de la mañana y siete minutos; no se podría saber cuántos segundos habían transcurrido porque lo único que no funcionaba en aquel reloj era el segundero.

Se dirigía al Hospital de La Virgen de Fátima, pues recibiría su informe de salud debido a unos dolores que últimamente había sentido en la base de la garganta. Don Diego sabía que cuando se tiene 70 años, las enfermedades ya no son pasajeras, sino todo lo contrario, te matan o te acompañan varios años.

Miró nuevamente su viejo reloj e inmediatamente volteó para ver al gato negro, pero éste ya no estaba, parecía que nunca había estado. A pesar de que siempre había dicho que no creía en supercherías como pasar por debajo de una escalera, de no recibir nunca un cuchillo de manos de alguien o levantarse con el pie izquierdo, esta vez la imagen del gato flacuchento le ocasionó algo de angustia.

Don Diego quiso regresar a casa y decirle a Doña Rosita, su eterna compañera y madre de sus siete hijos, que aún no estaban los resultados médicos y que lo habían citado para el siguiente lunes. Quiso creer que todos le creían, pero de pronto se sintió peor que al comienzo porque siempre había detestado las mentiras y decidió ir, de todas maneras, a recoger sus resultados.

Suspiró profundamente al llegar al Hospital de La Virgen de Fátima y se dirigió al consultorio del doctor Meneses que se encontraba al final del pasadizo del segundo piso. Suspiró nuevamente, pero esta vez se dio cuenta de su respiración y comprendió que tenía miedo. La imagen del gato negro se cruzó por su mente y volvió a aparecer una y otra vez. Don Diego pronunció en silencio unas palabras e ingresó al consultorio. La enfermera lo reconoció y lo comunicó con el doctor Meneses.

Afuera la gente caminaba ligeramente como queriendo escapar de la llovizna, nadie tenía las ganas de voltear la cabeza y ver cómo la vida transcurría esa mañana. Don Diego había leído el informe médico y su salud se encontraba en perfectas condiciones; no había nada por qué preocuparse. Quería estallar de alegría, pero la mañana parecía congelada en el tiempo, quiso que todos despertaran y compartan su extraña felicidad.

Al llegar a casa, encontró a sus siete hijos, a sus nueras y yernos, a sus nietos mayores, todos juntos y todos con los ojos invadidos por las lágrimas. Inmediatamente comprendió lo que había pasado. No dijo nada, ni quiso oír nada; se dirigió al cuarto de doña Rosita quien había fallecido esa mañana fría de invierno. Don Diego contempló, con resignación, el rostro blanquecino de su esposa y empezó a rezar.


FIN


Manuel Urbina

Cuentos personales: 5

viernes, 14 de noviembre del 2008 a las 16:20
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 Hace 28 años que me convertí en una bruja, perdón, quiero decir que me convirtieron en una bruja porque ser una bruja real no depende de una, sino del Consejo Promotor de Brujas. Yo tenía 14 años cuando aparecieron como enviadas del Cielo y me llevaron al otro lado de la montaña. A mi padrastro le cortaron la lengua por haberme dicho cosas muy feas y, además, le cortaron las manos por haberme golpeado sin piedad durante muchos años.

Fui feliz desde aquel día porque las siete brujas del Consejo fueron muy buenas conmigo y me hicieron olvidar los momentos desagradables que me tocó vivir. Las siete fueron como mis madres y me enseñaron todos los secretos de la brujería avanzada y no las he defraudado porque hoy soy una bruja muy activa y tengo en mi haber más de siete mil hechizos inventados por mí. El último hechizo lo inventé esta mañana: es un perfume que les permite a los gatos no ser detectados por el agudo olfato de los perros y como verás muchas brujas nos convertimos en gatos algunas veces y eso ya nos dará  más tranquilidad para husmear por diferentes lugares.

Mucha gente cree que las brujas son personas feas, horribles, detestables, repulsivas, pero es todo lo contrario. Las brujas son muy bonitas - es que sabemos hacer unos hechizos de belleza que muchas comprarían a cualquier precio- y, además, son muy tiernas, amables, cariñosas y odian la injusticia. Lo único que hasta ahora nadie ha podido hacer es preparar un hechizo que pueda convertir a las personas crueles en personas de buen corazón. Es mi gran sueño preparar ese hechizo, pero hasta ahora nadie lo ha conseguido, mientras tanto solo nos queda seguir intentando y preparar otros que ayuden a las personas a no ser víctimas de tanta maldad.

Somos seres demasiado sensibles, por eso el magnetismo de la luna llena nos inunda de alegría y salimos a volar en nuestras escobas alrededor de ella, desde la medianoche hasta el amanecer. Por eso cuando quieras vernos, observa fijamente la Luna y verás desde tu ventana unos puntitos que van moviéndose lentamente en círculos. Volar en la Luna es una experiencia que no la puedes encontrar en ninguna parte de la Tierra; ahora entiendes porque a las personas se les dice "estás en la Luna" cuando no se acuerdan de nada o cuando parece que no están en la Tierra.

Antes de que me olvide, quiero decirte que esas mujeres viejas, horribles, que hacen maldades y que la gente las llama "brujas", en realidad no son brujas ni deben llamarse brujas. El verdadero nombre de ellas es "brujtas" o "brutjas" de donde salen los términos "bruto", "bruta", es decir, "sin entendimiento ni compasión". Por eso, mucha gente cuando escucha la palabra bruja, inmediatamente piensa en lo que serían las brujtas o brutjas, lo cual no somos nosotras ni seremos jamás. Nosotras somos brujas y nuestro nombre se origina del término "brujlas" que significa "orientadoras y salvadoras", de allí que los marinos le llamaron "brújula" a ese aparatito que los guía en el día o en la noche y los lleva a salvo a su destino.

¿Y sabes a qué me dedico, cuando no hago de bruja? Aunque no lo creas, soy la directora de un colegio nacional, aquí en la Selva. Hay muchos padres que adoran a sus hijos, pero también hay muchos padres que maltratan a sus niños y cuando no cambian de actitud yo le aviso al Consejo Promotor de Brujas para que intervengan y salven a esas criaturitas y castiguen a sus desalmados padres. A los varoncitos les buscamos un hogar donde los quieran demasiado y a las niñas las adoptamos como a nuestras hijas y con el tiempo se convertirán en brujas buenas como yo. Sin embargo, debes saber  que ahora las autoridades de tu comunidad  protegen la integridad física y mental de los menores  y hasta existe un código del niño y el adolescente que los protege y castiga a los padres abusivos. No tengas miedo de denunciarlos, ellos te protegerán, sino apareceremos nosotras. 

FIN

Manuel Urbina

Cuentos personales: 4

jueves, 13 de noviembre del 2008 a las 15:24
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 El tigre había permanecido todo el día en lo alto del árbol. Nunca antes había sentido tanto miedo. La noche llegó con mucha lentitud y aún así el rayado animal no se atrevía a abandonar la poderosa rama que lo sostenía como si fuera una hamaca al revés. El miedo le hacía desconfiar de todo y constantemente movía la cabeza en todas direcciones. Era muy extraño, pues en otras oportunidades permanecía totalmente inmóvil confiado en la agudeza de sus sentidos, pero ahora una extraña sensación lo mantenía con el corazón acelerado. Todos los animales de la selva le temían, incluso los hombres que vivían a las orillas del Amazonas disparaban sus rifles a las partes altas de los árboles cuando escuchaban su rugido, sin embargo, ahora lo asustaba hasta el susurro del aire entre las hojas.

Había visto el miedo expresarse en las caras de los animales que había matado. Ahora entendía que el miedo anunciaba la presencia de la muerte. El tigre no quería cerrar los ojos porque temía que en ese instante podría ser arrastrado por aquella fuerza inefable que tanto le angustiaba. Por el contrario, sus pupilas se habían dilatado tanto que parecían dos lunas llenas en todo su esplendor. Su poderosa visión de cazador nocturno le permitía ver los detalles más insignificantes y ello aumentaba su miedo. Su fino oído le traía miles de sonidos que nunca antes había escuchado y los sentía como una amenaza inminente.

La noche había llegado con mucha lentitud y ahora parecía desear quedarse eternamente en ese lado de la selva. El tigre esperaba la llegada de ese instante grisáceo que surgía de las tinieblas y que encendía las voces de las aves que despertaban confundidas, pero el amanecer no llegaba y ello aumentaba su angustia infinita.

Quiso rugir con todas sus fuerzas para sentirse vivo, pero sintió su aliento congelado y su lengua rosada no se despegó del paladar. Sus terribles garras se negaban a mostrarse en toda su plenitud y apenas se asomaban temerosas. Nunca antes había sentido el peso de su redonda cabeza, sin embargo, ahora le parecía tan pesada como las tortugas gigantes que permanecían inmóviles en las riveras.

Su último aliento lo estaba abandonando y el pánico llegó en ese momento en que una poderosa fuerza lo empezó a absorber. El tigre cayó ingrávido y vencido; no se atrevía a luchar ni a defenderse. Creyó que su fin sería el mejor remedio para tanto miedo y tanta vergüenza. Su cuerpo iba cayendo entre las ramas como si fuera expulsado por los árboles hasta que cayó en el disparejo suelo cubierto por diferentes plantas y arbustos. En ese momento el afligido tigre despertó y vio, aún confundido, que todo había sido un fatal sueño.

Fin


Manuel Urbina
 

Cuentos personales: 3

miércoles, 12 de noviembre del 2008 a las 13:37
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El ogro Tom salió muy temprano de su casa en busca de algo delicioso para su desayuno. Recogió el fruto fresco de los árboles y bebió muchos litros de las aguas más deliciosas que brotaban de las fuentes del bosque.

Tom medía cerca de tres metros y a pesar de tener un rostro aterrador era la criatura más buena del bosque. Las aves lo conocían y apenas lo veían le silbaban las más bellas canciones y él les regalaba semillas de diferentes plantitas que siempre llevaba en los bolsillos de sus pantalones.

Cuando llovía se le escuchaba cantar unas canciones muy tristes y en un idioma que nadie conocía, luego cuando escampaba permanecía en silencio hasta que se dormía.

Un día mientras llovía, una pequeña hada llamada Vorina que regresaba a su hogar, se refugió en un árbol que estaba frente a la ventana de la casa del ogro Tom y pudo escuchar los cantos tristes de la pobre criatura. Entonces, la hadita se acercó hasta la ventana y alzando la voz lo más que pudo dijo:

- ¿Quién eres, criatura del bosque, y por qué tu canto es muy triste?

En ese instante el ogro dejó de cantar y se asomó a la ventana y pudo contemplar a la hermosa hadita que se había atrevido a posarse en el marco de la ventana y observándola atentamente, le dijo:

- Hola... yo... soy... Totototom, soy Tom... el ogro del bosque...

La hadita le interrumpió y habló:

- Hola, Tom, yo soy Vorina y como llovía me refugié en ese árbol para que no se mojen mis alitas y sin querer escuché tu canto triste y quise saber qué te pasaba... ¿Te puedo ayudar?

El ogro que estaba aún nervioso e impresionado le contestó:

- Lo que pasa es que cuando llueve recuerdo el día en que la bruja Malina mató a mis padres, los reyes de Rolandia, y a mí me convirtió en esta criatura horrible que ves, ¿acaso no te doy miedo?

La hadita que lo escuchaba sorprendida, rápidamente le contestó:

- Tú no me das miedo, porque en tus ojos se refleja la bondad de tu corazón, además si fueras malo no tendrías sentimientos y no cantarías con tanto dolor aunque no se te entienda ni una sola palabra, pero ¿podría venir por las mañanas para conversar contigo?, dicen que conversar ayuda mucho. Quizá te pueda ayudar en algo. No me gusta ver sufrir a nadie.

- Claro -dijo el ogro- puedes venir cuando lo desees, además, a mí me encantaría saber muchas cosas de los pueblos que están fuera del bosque, lo único que me preocupa es la bruja Malina que viene de vez en cuando a burlarse de mí.

-No te preocupes, Tom -respondió la hadita- te prometo que regresaré.

Al día siguiente la hadita regresó y el ogro se alegró. Conversaron sobre muchos temas y así fueron pasando los días, ella venía y el ogro era feliz, pero un día... Malina, la bruja cruel, observó a la pareja dispareja felices y en un ataque de cólera los convirtió en grillos. Ambos saltaron y se escondieron entre los arbustos.

Desde ese día permanecían juntos y se hicieron muy buenos amigos, se cuidaban y al ser criaturas semejantes surgió el amor y eran muy felices: juntos cantaban hasta el amanecer contemplando las estrellas una a una. Ninguno de los dos extrañaba su antigua forma, ni tampoco se lamentaban de lo que les había pasado: ser así era lo mejor que les había pasado y hasta habrían deseado que jamás se rompa el hechizo.

Una tarde cuando desde una rama miraban el horizonte, vieron que la perversa bruja Malina era perseguida por un centenar de perros y unos veinte cazadores que disparaban cada vez que la bruja quería volar. Uno de los perros la embistió y le cogió las piernas; los otros animales se abalanzaron sobre el cuerpo deforme de la bruja y la descuartizaron en unos segundos.

En ese momento, se había roto el hechizo y como por arte de magia Vorina y Tom dejaron de ser grillos y volvieron a ser un hada y un ogro, pero un momento... el ogro Tom fue convirtiéndose en un apuesto príncipe y la pequeña hadita se sintió un ser muy insignificante y desapareció rápidamente, llevándose una gran pena en el corazón.

Los cazadores eran del reino de Rolandia y por fin habían vengado la muerte de los reyes, sin embargo al ver al príncipe Tom se alegraron porque estaba sano y lleno de vida, además sería el legítimo gobernante del reino de sus padres.

Al día siguiente, en una gran fiesta, Tom fue proclamado como el nuevo Príncipe de Rolandia, sin embargo, no era feliz porque Vorina había regresado al mundo de las hadas.

Entonces tomo la decisión de ir por ella: la buscó durante 30 días y no la pudo encontrar; la buscó 300 días más y tampoco la encontró, entonces decidió buscarla todos los días de su vida. Esa noche, Vorina apareció escoltada por cientos de diminutas hadas, pero ya no tenía las alitas de cristal ni el tamaño de una flor: era la mujer más bella del mundo. Vorina había renunciado a su inmortalidad de hada por el amor al príncipe Tom y... qué creen que pasó después... ¡Fueron felices toda la vida!

FIN

Manuel Urbina

Cuentos personales 2

martes, 11 de noviembre del 2008 a las 04:17
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Un campesino se dirigió a su chacrita para ver cómo iban creciendo los choclos que había sembrado hacía seis semanas. Subía y bajaba, bajaba y subía hasta que por fin llegó a su querido maizal. Inmediatamente se dio cuenta de que alguien había arrancando las mazorcas aún inmaduras y pequeñas de las partes más bajas de cada planta. Sintió mucha rabia y maldijo durante largo rato levantando la voz y haciendo gestos con todo el cuerpo como cuando se está peleando con alguien.

Cuando logró tranquilizarse se dirigió hacia el lado del río donde estaba la otra parte de su maizal, pero para su asombro las plantas se encontraban intactas, es decir, no habían corrido la misma suerte que las otras. El campesino pensó que quien había arrancado las mazorcas volvería tarde o temprano para hacer lo mismo con sus plantitas.

El hombre buscó la parte más alta de su terreno y allí hizo un hueco como de medio metro de profundidad  por un metro de diámetro; toda la tierra que sacó la colocó alrededor del hoyo y encima colocó hojas y ramas secas de tal manera que nadie hubiera podido reconocer su escondite a simple vista. El campesino se introdujo en el hoyo y se sentó mirando hacia el lado del río. De rato en rato, se levantaba lentamente como para ver más allá de sus dominios y luego volvía a quedar sentado sin hacer ruido.

Llegó la noche y el hombre empezó a sentir mucho frío, se cubrió con su poncho, se puso un chullo de lana y vovió a colocarse su viejo sombrero, y cada vez que sentía algún ruido se levantaba lentamente, pero no había nada. A la medianoche, el hombre se quedó profundamente dormido y despertó cuando las aves empezaron a cantar. Se levantó rápidamente y, con cierto temor, fue a ver las plantitas que estaban al lado del río. Se dio con la sorpresa de que las mazorcas de las partes bajas de cada planta habían sido arrancadas al igual que las otras, solo unas cuantas se habían salvado y empezó a contarlas una por una; en total se habían salvado trece plantas y, entonces, el campesino juró que esa noche no dormiría, pase lo que pase, y capturaría al ladrón de mazorcas que seguramente volvería para terminar su "labor".

Rápidamente se dirigió a su casa y por la tarde regresó a su chacra. Llevaba en su alforja una cuerda delgada como de veinte metros de longitud, un paquete de hojas de coca y una botella de cañazo. Cuando llegó a su chacrita, era muy tarde y pronto se hizo de noche. El hombre volvió a su refugió y, como la primera vez, cada cierto tiempo se levantaba lentamente para ver lo que ocurría a los alrededores. Fueron pasando las horas y el campesino tuvo frío, entonces se cubrió con su poncho y tomó un trago de cañazo, luego tuvo sueño, entonces sacó de su alforja un puñado de hojas de coca y empezó a masticarlas una a una. Ya no tenía sueño, ni tenía frío, ni tenía hambre: estaba bien despierto y sus sentidos se empezaron a agudizar.

Esa noche, al igual que la anterior, había luna llena y desde su escondite podía divisar con toda claridad todo su maizal, especialmente la zona que daba hacia el río. Por momentos el aire le traía el olor refrescante de los eucaliptos y por otros, el olor de la arcilla mezclada con el barro. De pronto sintió el olor suave y dulce del maíz cuando madura y, en ese momento, escuchó el chasquido característico que se produce cuando se arrancan las mazorcas de la planta. El campesino levantó la cabeza lentamente y pensó que el momento de hacer justicia había llegado

El campesino pudo ver con mucha claridad al ladrón de mazorcas: era un niño desnudo como de ocho años que iba arrancando las mazorcas que estaban a su altura, pero extrañamente cada vez que se comía una mazorca su cuerpo reflejaba un brillo que solo se podía comparar con el de las estrellas. El hombre después de reaccionar, con mucho cuidado hizo un nudo corredizo en la cuerda y lo fue soltando poco a poco y con una agilidad felina saltó y corrió hacia el ladronzuelo quien al darse cuenta intentó escapar, pero ya la cuerda que había sido lanzada con mucha destreza lo inmovilizó.

El niño plateado, asustado, habló:

- Suéltame, por favor. No te preocupes por las mazorcas que he arrancando pues estas pronto volverán a crecer y serán más grandes. Tenia que comérmelas porque en sus granos hay un juguito blanquecino que es lo único que me puede dar fuerzas para volver al cielo y reunirme con mis hermanas las estrellas. Suéltame, por favor, campesino y te diré el secreto que te permitirá vivir muchos años.

El campesino que se había mostrado duro, de pronto sintió pena por la criatura y pensó que no era para tanto tenerlo atrapado y castigarlo por unas cuantas mazorcas que había arrancado y, sobretodo, habían sido arrancadas para comérselas y no para botarlas como lo hacen algunas personas. Lo soltó, con mucho cuidado, y le dijo:

-Es verdad que tenía mucha cólera y pensaba castigar al ladrón de mis mazorcas, pero como ahora sé que las necesitabas para volver al cielo, te perdono y perdóname tú por haberte asustado. Puedes arrancar todas las mazorcas que necesites para poder recuperar tus fuerzas y regresar con tus hermanas las estrellas.

El niño, sin perder tiempo, se apresuró a comer las mazorcas que necesitaba y su cuerpo nuevamente empezó a brillar, cada vez con más intensidad, luego se acercó al campesino y le dijo el secreto para que tenga muchos años de vida. Inmediatamente se elevó poco a poco y luego salió disparado como si hubiera sido arrojando por una honda de lana.

El campesino cogió nuevamente sus hojas de coca y continuó masticándolas, mirando el cielo y pensando en lo que había visto. Ya por la mañana, antes de volver a su casa, se dirigió a su escondite para cubrir ese hoyo que había hecho hacía tres noches. Se sorprendió cuando vio que las piedras que había sacado  la noche anterior ahora eran blancas y brillaban como la Luna. Escarbó un poco  más y siguió encontrando más piedras plateadas: todo su maizal estaba lleno de ellas. Entonces una parte de su maizal lo convirtió en una mina de plata y se convirtió en el hombre más rico del pueblo . Pasaban los años y el hombre se mantenía igual de joven, vivió muchos años  y un día desapareció para siempre.

FIN



Manuel Urbina

Cuentos personales 1

sábado, 08 de noviembre del 2008 a las 15:31
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Una frágil mariposa de alas multicolores volaba casi besando los pétalos rojizos de un rosal tan hermoso como ella.

-Hola, mariposita, qué dulce y delicada te ves -dijo el rosal-, podrías decirme por qué hace seis días que no cae ni una sola gota del cielo.

-No lo sé -contestó la mariposa- pero por qué te preocupas, si tus flores son las más perfectas y hermosas de todo el bosque y, además, tienes la suerte de que las aguas de este arroyo te susurren y alimenten tus raíces. No te preocupes que al menos a ti no te pasará nada malo.

-No es por mí -contestó el rosal- lo que ocurre es hay un gorrioncillo que agoniza a la sombra de mis ramas y si no bebe algo pronto morirá.

-No te preocupes..., tú no tienes la culpa -habló la mariposa- además si muere su cuerpo te servirá de abono y tus rosas crecerán más hermosas aún.

Mientras conversaban apareció como una sombra, un duendecillo y atrapó a la frágil mariposa que no había podido evadirlo, como otras veces.

-¡Por fin te tengo!, ¡Te he estado buscando tanto tiempo y ahora no podrás escapar!, ¡Qué buen día para mí! -decía el duendecillo y muy eufórico se puso a saltar.

La rosa que se sentía culpable por la captura de la mariposa le dijo al duendecillo:

-Por favor señor duende, libere a mi amiga mariposa y le daré todas mis flores..., incluso mis capullos... libérela por favor..., libérela...

El duendecillo que había oído algo de la conversación anterior le contestó:

-Rosal tan hermoso, por qué te preocupas por esta mariposa... acaso no te has dado cuenta de su indiferencia ante los problemas de los otros. Escuché que no le interesaba salvar la vida del gorrioncillo que agoniza entre tus sombras... ¡Deja que me la coma!

La asustada mariposa lloraba porque su final estaba tan cerca y se dio cuenta de que durante toda su vida solo había pensado en ella y que jamás se había preocupado por los demás. Entonces, resignada, le dijo al duende:

-Tiene usted mucha razón, toda mi vida no he hecho otra cosa que pensar solo en mí y nunca pude hacer algo por los otros. Ahora que me ha llegado el final quiero que no le haga caso al rosal ya que sus rosas son importantes para ella y no quiero que por salvarme se quede sin sus flores.

El duendecillo se sorprendió por lo que había escuchado y, sin pensarlo dos veces, dejó libre a la mariposa. Esta inmediatamente se acercó al rosal y dijo:

-Tenemos que conseguir agua para salvar al pobre gorrioncillo o pronto morirá.

El duendecillo se acercó al rosal y entre las sombras encontró al pobre pajarillo, lo tomó con mucha delicadeza y lo levantó, pero era demasiado tarde: no se movía, ni respiraba: el gorrioncillo estaba muerto.

La mariposa empezó a gemir, luego a llorar intensamente y sus lágrimas cayeron sobre el pico del animalito que increíblemente estiró su cuello y empezó a mostrar signos de vida.

Fin

Manuel Urbina

Sobre el blog

AMOR  POR  LA  LECTURA

Este espacio ha sido creado para compartir nuestros conocimientos en favor del desarrollo de las habilidades lectoras y comprensivas de nuestros alumnos.Tengo un poquito más de veinte años enseñando el curso de LENGUAJE y hace ocho que me he abocado al tema de la LECTURA Y COMPRENSIÓN debido a que nuestra realidad -y nuestro compromiso- nos obliga a buscar alternativas para que nuestros alumnos desarrollen habilidades y hábitos de lectura los cuales constituyen el corazón del aprendizaje y el éxito personal.



prolector@hotmail.com

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